Capítulo 10 – Se va el tailandés y llega el brasileño

La verdad que no me ha dado tiempo a construir una amistad, ni tan siquiera una buena relación con el tailandés. A pesar de vivir en la misma casa y compartir habitación, apenas nos vemos. Me entero de su mudanza un día antes, me lo comenta por encima en un santiamén que coincidimos en la cocina. Le pregunté directamente porque lo hacía y me contestó lo que yo suponía que me iba a contestar. 

Son un cúmulo de cosas, pero lo que despunta es la energía negativa que flota por esta casa, la verdad que el barrio tampoco contribuye mucho. Es bastante peligroso y el matrimonio de la casa a punto de divorciarse no es plato de buen gusto para ninguno de los sujetos que vivimos en esta casa. Salgo de la cocina y tampoco le insisto más, simplemente le deseo buena suerte en su nueva etapa. Una vez se ha ido se dirige a mí la propietaria de la casa para anunciarme la llegada de mi nuevo compañero de habitación.   Yo me voy a clase por la mañana como todos los días y al anochecer voy a cenar con un grupito de compañeros a un restaurante de Manhattan.

Pasamos una velada interesante, la verdad que nunca había tenido una cena tan atrayente. Por si ya no es poco hablar en inglés, imagina lo que puede llegar a salir si cada persona que lo practica es de un país diferente y cada uno le pone su entonación particular, simplemente, maravilloso. Una cosa lleva a la otra y empiezas a perder la vergüenza, ya no me da tanto apuro hablar en otro idioma, lo único que me importa es que perciban el mensaje que intento transmitirles.

La conversación va tomando tonalidades magníficas, cada uno vende lo sobresaliente de su país de origen, cosas que en tu círculo de protección no le das ni la menor importancia. Es necesario salir de él para poder valorar estas entidades desconocidas. Salimos del restaurante y nuestros caminos se bifurcan. Todos nos dirigimos a la parada de metro más cercana, excepto una compañera coreana que vive en Nueva Jersey (el estado vecino) y debe tomar el autobús.

Después de el largo trayecto de vuelta a casa, voy dejando atrás la reluciente Manhattan para sumergirme en mi barrio misterioso. Cierto es que mi mente no deja de pensar, pensar en todas las cosas que estoy viviendo, pensar que es real, que estoy tan remotamente lejos de casa que me siento atrapado en un sueño sin fin. El tren indica mi parada, ya es hora de bajarme. Bajo las escaleras para incorporarme a la calle y ya se respira otro ambiente. Ya empiezo a sentir miedo a estas horas de la noche, hay coches parados con música extremadamente alta y gente un tanto peculiar que no deja de mirarme de arriba abajo. Acelero el paso hasta que llego a casa.

Cuando abro la puerta me doy cuenta que las luces están todas apagadas, se me ha hecho un poco tarde y ya duermen todos. Me voy directo al cuarto de baño a lavarme los dientes y una vez termino me voy a la cocina a beber un poco de agua fresca, cuando enciendo la luz me encuentro a alguien durmiendo estirado entre dos sillas.

Sigilosamente me acerco a mirar quien es. Es otro miembro de la casa que vive en el desván, un chico marroquí con el que me llevo genial. La casa tiene tres plantas y al estar instalado en la última en pleno julio es imposible dormir con este calor, así que se baja a la cocina ya que es el único sitio donde disponemos de aire acondicionado. Bebo agua, apago la luz y me voy a mi cuarto.

Al entrar veo que la cama vecina ya está habitada, veo maletas y ropa por encima del escritorio, pero no puedo ver quien es mi nuevo compañero. Como cada noche, me meto en la cama y empiezo a hacer un balance de como me ha ido el día. Empiezo a analizar todo lo que he ido progresando desde que llegué hasta este momento, me doy cuenta que cada día es único y que estoy viviendo cosas que jamás hubiese vivido sin salir de mi país. Me siento satisfecho con la decisión que tomé y cada vez tengo más claro que va a ser una de las mejores experiencias de mi vida.

Una vez me hago un resumen mental de mi día empiezo a darme cuenta de algo. Si, ahora yo iba a ser el veterano y mi compañero de habitación era el novato en la ciudad. Ahora me tocaba a mi enseñarle a desenvolverse, a enseñarle dónde comprar, dónde lavar, que metros coger… Esta ciudad me está poniendo a prueba cada día. Me enseña tanto en tan poco tiempo que de repente ese tanto se lo debo explicar a otra persona y así sucesivamente.

Al final me vuelvo a ir a la cama entre felicidad y superación, cada día es un reto y de alguna manera u otra yo los voy superando todos. Mi amor por Nueva York va creciendo a tal velocidad que lo que yo creía sentir en España por esta ciudad son minúsculos deseos al lado de mis sentimientos actuales.

 

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