Capítulo 11 – Mi nuevo compañero y el supermercado de mi barrio

Hoy no tengo planes al salir de clase así que me voy directo al metro y me voy para casa. Al llegar me dirijo a mi cuarto. Suelto la mochila, cojo las cosas y me traslado al baño para tomar una ducha. Parece ser que no hay nadie en casa, todo está en silencio. Me dirijo a la habitación y veo que ya ha llegado mi nuevo compañero, nos presentamos y empezamos a entablar una conversación.

Nos empezamos a contar un poco nuestras vidas ya que de una manera u otra vamos a compartir habitación bastante tiempo y que mejor que empezar a familiarizarnos un poco. El me cuenta un poco por encima que vive en Brasil y que es estudiante de medicina, me explica que es la primera vez que visita los Estados Unidos.

Yo tengo pensado ir al supermercado a comprar un poco de comida y unas cosas que me hacen falta, le pregunto si necesita que le traiga alguna cosa y el se anima a venir conmigo para que le enseñe un poco el barrio. Nos ponemos las zapatillas y nos lanzamos a la calle. (tenemos totalmente prohibido entrar con zapatillas a la habitación).

Mientras vamos caminando al supermercado observo como no le quita ojo a las casas y a la gente que nos rodea. Empieza a preguntarme que si alguna vez había tenido algún problema en este barrio, el también se está dando cuenta de que la zona es un poco grisácea. Yo le digo que no, un no con la boca pequeña, pero no quería alarmarle ya que acababa de llegar. Entramos al mismo supermercado que me llevó mi ex compañero, el tailandés.

Este supermercado es muy original, al entrar en el té sumerges en una telenovela latina, y no me quedo corto. Es un supermercado familiar de gente puertorriqueña. El hijo pequeño de unos ocho años te recibe en la puerta nada más entrar en la sección del pan y la bollería, también se encarga de guardarte las bolsas de otros establecimientos ajenos. Una vez entramos disponemos de siete pasillos largos que van a morir a las neveras donde podemos encontrar prácticamente de todo. El brasileño empieza a alucinar como yo alucinaba la primera vez que entré.

La variedad de productos es impresionante, a comparación de España aquí hay miles de sabores y tamaños de cada marca, es increíble. Cogemos todo lo que necesitamos y nos vamos para la caja. Allí nos encontramos a la cajera, una chica joven con unas uñas de colores acabadas en punta de aproximadamente cuatro centímetros de largura, yo no sé ni como puede sostener los productos y coger el dinero.

Mientras me está cobrando puedo ver su chicle rodando por dentro de su boca, como va chocando de muela en muela a la vez que observo todo los tatuajes que marcan su piel. En este momento se queda sin cambio y veo que empieza a tocar una campana, de repente se abre una ventana que hay como en una especie de altillo dentro del mismo supermercado y aparece un hombre con una cuerda atada a un cubo de chapa en el cual está el cambio dentro.

Lo deja deslizar hacia abajo esperando que otro hombre lo coja. Una vez nos cobran hay un hombre al final de la cinta que nos introduce todos los productos en bolsas. Estos hombres son ajenos al supermercado, te ofrecen este servicio para que tú les dejes unas moneditas de propina en un recipiente que tienen en la misma caja. Salimos con nuestras bolsas y vamos hablando de las diferencias de las cosas de un país a otro. El me cuenta como son en Brasil, yo le cuento como son en España, y los dos comprobamos como son en América.

Al llegar a casa dejamos las bolsas en la entrada y nos sentamos en el porche a tomar un refresco y un poco el aire. Mientras estamos sentados vemos que llega nuestro compañero el árabe, el que vive en el desván. Le llamamos y se sienta con nosotros. Le presento al brasileño ya que aún no se conocen y empezamos una conversación interesante entre los tres. Cuando llevamos un rato hablando decidimos subir arriba a preparar la cena, ya se empieza a hacer tarde. Mientras estamos cenando decidimos que mañana sábado podríamos hacer algo divertido los tres así que planeamos una salida.

Pensamos que sería buena idea pasar el día en el parque de atracciones de Coney Island y luego salir de fiesta en un recinto que hay justo debajo del puente de Brooklyn. Me voy a dormir contento. Me espera un gran fin de semana por delante y la amistad con mis compañeros de casa va creciendo. La verdad que nunca había conocido a tanta gente en tan poco tiempo y me estoy enganchando a esta sensación. Al final me doy cuenta de que no quiero estar siempre rodeado de la misma gente y hablando siempre de las mismas cosas.

A partir de ahora, este iba a ser mi nuevo plan de vida.

 

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