Capítulo 15 – Pensando en cambiarme de casa

 Llevo ya un mes en este barrio, en esta, casa con esta gente. Os mentiría si os dijera que estoy mal, pero también lo haría si os dijera que estoy bien. La verdad que ahora mismo no sé cómo estoy. Tengo claro que en clase, en la calle, descubriendo la ciudad con mis amigos todo es maravilloso y perfecto, pero cuando llega la noche y toca volver a casa todo cambia. En mi casa las cosas siguen igual. Los dueños, es decir, el matrimonio, siguen sin mirarse a la cara y discutiendo a cada momento.

Yo por otra parte me entiendo bastante con mi compañero de habitación, Bruno, el brasileño y hablamos del tema cada día. No nos parece normal que tengamos que aguantar según que situaciones, porque no, porque no toca ¡este es nuestro sueño joder! La casa está llena de vida y de juventud, pero el marido de la mujer desconsolada nos quiere amargar la existencia, nos quiere llevar a su terreno oscuro. En la casa ahora mismo estamos viviendo 9 personas más el matrimonio.

En la primera planta viven ellos dos. En la segunda planta en una habitación vive Nelson, el estudiante de Francia. En la otra habitación vive Gus, un hombre jamaicano de mediana edad que lleva casi toda la vida aquí. Y en la otra estamos yo y Bruno el brasileño. En la tercera planta en una habitación esta Najim el árabe. En otra habitación Boris y Marcus los rusos y en la última Ruth y Anna las alemanas.

Todos nos llevamos genial, salimos de fiesta juntos, vemos ”pelis” en las habitaciones, Boris me roba cada fin de semana mis zapatillas favoritas para irse de fiesta, Ruth no para de cantar por toda la casa. En definitiva, me encanta la familia que Nueva York me tenía preparada, pero los actores principales y el escenario no ayudan. John, el dueño de la casa, ha tomado por costumbre reunirnos en la cocina para echarnos la bronca por todo. Un día me prohibió comer en la habitación.

Yo tengo la costumbre antes de ir a clase de hacerme la comida y comer en el escritorio junto al ordenador para aprovechar ese rato que estoy en casa y poder hablar con mis familiares y amigos. A Bruno le dijo que no podía entrar a la habitación con el calzado, que tenía que dejarlo en el pasillo. Y bueno, excusas estúpidas que tiene preparadas para todos y cada uno de nosotros.

Hoy al salir de la escuela he ido con mis compañeros de clase a tomar un café a un Starbuks de la calle 56. Cuando nos hemos despedido, me he ido caminando por la 57, 58, 59 y he entrado en Central Park, ese sitio que me da paz y me deja hablar con mi conciencia. Tengo que pensar y meditar bien una pregunta que lleva días dándome vueltas… ¿Me cambio de casa o no? Esta pregunta lleva ya mucho tiempo rebotando por mi cerebro, así que es hora de tomar una decisión.

Me voy adentrando por caminos silenciosos y voy dejando atrás el caos de la ciudad. Casi que prefiero preguntarle a las ardillas a ver que me cuentan, porque yo no lo tengo nada claro. Ya el sol me va diciendo adiós, así que decido salir del parque e irme para la parada de metro de Columbus Circle Cojo el metro A express y me voy para Brooklyn. Voy sentado en el vagón del metro con mis auriculares puestos escuchando un tema de Lil Wayne.

De repente, algo se me activa en la cabeza. En este momento lo veo claro. Imagino que este vagón es mi casa actual y la gente mis amigos con los que vivo. Entonces pienso, si siempre viajo en el mismo vagón con la misma gente me voy a perder otro vagón con un montón de nueva. Me digo a mí mismo en mi interior: Joseph, estás en el sueño de tu vida no dejes que nada te lo amargue.

Cuantas más casas, culturas y gente conozcas más crecerás como persona, te cambias de casa pero podrás ver a tus amigos igualmente, ¡LÁNZATE! Así que no me lo pienso más, he decidido que voy a cambiarme de casa. Ya es tarde, llego a casa me pego una ducha me preparo la cena y me siento en la cocina con Bruno, Boris y Ruth. Tenemos la costumbre de bajar al porche después de cenar porque este calor neoyorquino no hay quien lo soporte. Aprovecho el momento y le cuento a Bruno y a Boris que son con los que tengo más confianza que me iba a cambiar de casa.

No se sorprenden mucho porque ya saben que llevo días dándole vueltas, pero aún así no les hace gracia, dicen que me echarán de menos al igual que yo a cada uno de ellos ¡JODER! pero ya no hay marcha atrás. También es cierto que ellos se van en un mes y a mí aún me queda mucho tiempo en la ciudad así que este momento llegaría tarde o temprano. Me meto en la cama e intento imaginar como va a ser el día de mañana. Mi misión para mañana es la siguiente: Levantarme, salir a correr al parque del barrio, ducharme, desayunar, hacer los deberes, preparar la comida, comer, coger el metro e ir para Manhattan.

Eso si, hoy tengo que salir antes para que me dé tiempo a ir al despacho del director antes de entrar a clase. Acabo de llegar a la escuela y me voy directo para el despacho del director. Mi director es alto, gordo, negro y con los brazos tatuados. Nunca he tenido un director tan buena gente y molón a la vez, es único y el rey de la escuela.

Le explico la situación un poco por encima y me dice que no me preocupe, que todo tiene solución. Coge su teléfono y llama a la chica que lleva el tema de las casas para ver si está ocupada, ella le responde que no así que me envía a su oficina para que hable con ella. Yo me despido de mi director con un choque de hombro y puño y un GOOD LUCK MAN Entro al despacho me siento y empiezo a explicarle a la chica todo lo que me pasa por la cabeza mientras ella toma una ensalada y un té helado entre los papeles.

Me pregunta los motivos exactos y yo le cuento lo que me parece, no me interesa dejar mal al matrimonio más que nada porque ella era encantadora pero yo no podía ni con el ni con la situación. Empieza a buscar por el ordenador y me dice que hay una casa disponible que estará lista para entrar el sábado (hoy es jueves). Me acerco a la mesa de un salto y le digo que me cuente todo, todo, todo.

Empieza a reírse entre mordisco de lechuga y trago de té. Me cuenta que la casa está en Brooklyn a media hora de la mía en metro más o menos y a 4 paradas de la playa de Coney Island. Empezamos bien, eso me gusta mucho, yo nací en el mediterráneo así que si hay playa mucho mejor. Dice que es un barrio muy muy tranquilo, estilo residencial con muchas familias y muchos locales de todo tipo. Que tendría la parada a 10 minutos de casa, un poco mas lejos que la actual pero no me importa andar unos minutos más.

Sigue diciéndome cosas, me cuenta que en esta casa solo se alojan dos estudiantes por qué el matrimonio prefiere tener a menos y tenerlos bien atendidos. Eso no me gusta me apasiona, así que sigue contándome cosas. Le voy a preguntar el país y cultura y parece que me lee la mente porque no me deja acabar y me contesta SON JUDÍOS No sé por qué pero en este momento veo que es la casa ideal.

Estoy harto de andar por todos los barrios de Brooklyn y ver judíos por todas partes a todas horas. Son tan suyos, tan solitarios ante las demás culturas que me parece alucinante el hecho de poder vivir con ellos y conocerlos, me parece una oportunidad de oro. No me lo pienso más y le digo que acepto, que quiero el cambio pero ya. Siento un poco de miedo, porque es raro, pero esa rareza me produce adrenalina y me hace sentir que estoy vivo, así que a eso he venido a este país, a vivir, pues vivamos.

Estamos un rato haciendo los papeles necesarios e introduciendo toda la información necesaria para el cambio y acabamos. Me dice que puedo ir a la casa este mismo sábado a partir de las 10 de la mañana. Le hago una última pregunta. Le pido la dirección exacta de la casa. Y si, como es de esperar hoy no hago planes con mis amigos de la escuela. Salgo de clase ansioso y me voy directo para la parada del metro a coger el tren que me lleva a mi nuevo barrio. Primero quiero investigar la zona, saber como va a ser mi nuevo hogar.

Voy en el metro hasta que escucho, THE NEXT STOP IS AVENUE J y digo: ¡esta es la mía, bájate! Salgo del tren y bajo las escaleras de la parada que da a la calle principal. Me quedo anonadado porque nunca había visto tanto judío junto en tan poco metro cuadrado. Esto está lleno de restaurantes, tiendas, supermercados, cafeterías, aquí hay de todo.

Cojo mi iPhone y pongo la dirección exacta en el Google Maps y me pongo a caminar. Conforme van pasando los minutos voy dejando el jaleo y me adentro en una zona llena de casas de lujo con césped en la entrada y muchas familias de judíos paseando con sus hijos y mujeres, niños jugando por el parque, muchos carteles de locales escritos en hebreo, yo no dejo de alucinar. La verdad que no me quitan ojo, se me nota que no soy judío.

Yo pienso:

¿Por qué me miran tanto?

¿Serán mis tejanos rotos?

¿Mis Converse desgastadas?

¿Mis tatuajes?

La verdad que me da igual, supongo que me miran igual que los miro yo a ellos. Como el que no quiere la cosa me planto en la puerta de mi futura casa. Es una casa preciosa, más pequeña que la mía actual pero encantadora. Tiene dos plantas y un pequeño huerto en la entrada. Es totalmente blanca de madera con un pequeño garaje en el lateral izquierdo. Me estoy un rato mirándola y decido irme para casa con una sonrisa en la cara, no sé por qué pero todo me da buenas vibraciones.

De camino al metro vuelvo a pensar en cosas que no había pensado hasta ahora.

Como por ejemplo:

¿Qué excusa le pongo ahora a la dueña de a casa de porque me voy?

¿Se enfadará conmigo?

¿Se lo cuento a mis padres o pensarán que me ha pasado algo?

¿Con quién me tocará compartir habitación en mi nueva casa?

¿Les caeré bien a los judíos?

Tengo un sin fin de preguntas, pero he aprendido en esta ciudad que el tiempo me las va a ir contestando por si solas.

 

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