Capítulo 16 – La mudanza

 Hoy es sábado y con él llega ese momento tan esperado durante estos últimos días. ¿Estoy preparado para este cambio? -Pues si os soy sincero, aún no lo sé. Me llevo haciendo esta pregunta desde que aterricé en esta ciudad, todo han sido barreras y obstáculos que superar.

De momento puedo decir que he ido bailando todas las melodías que han aparecido en mi camino, esto es una superación constante. En este momento entiendo a lo que se refería la gente con eso de: ”La zona de confort”. ¿Qué fácil es estar en un sitio seguro verdad? Pero que aburrido es… Estoy viviendo cosas que me están cambiando la vida, estoy tomando más decisiones en un mes que en toda mi vida en España. ¿Puede ser eso posible? -Lo es.

Ayer viernes estuve hablando con la dueña de la casa, la verdad que con el hombre no me apetecía, en parte me iba por su culpa. Salimos al porche a tomar el fresco y nos sentamos en un banco de madera, allí le comento que el jueves había estado hablando con el director para cambiarme de casa. Pude leer en su mirada que no se lo esperaba para nada. Como es lógico me pide explicaciones y yo le suelto lo primero que se me pasa por la cabeza. Le digo que yo he venido a esta ciudad a cumplir mi sueño americano y que me apetece conocer muchas más cosas en los meses que voy a estar en este país.

Que me gustaría vivir en diferentes barrios con diferentes familias y conocer a gente nueva. Parece ser que lo entiende, al menos eso percibo yo. Me suelta un abrazo y me da las gracias por haber confiado en ella y me pide perdón por si alguna vez he tenido que presenciar algo que no tocaba. Yo le devuelvo las gracias y le digo que el irme de casa no es sinónimo de no vernos más, que seguiremos en contacto. ¡Volvemos al sábado! Me levanto por la mañana y percibo que es una mañana diferente. La noche de antes ya me había dejado preparada la ropa que me iba a poner hoy y las maletas preparadas.

Me voy para la ducha y mientras me seco y hablo con mi familia en el ordenador me voy comiendo un tazón de cereales. Si, soy un desastre. Hoy mismo le estoy diciendo a mis padres que me cambio de casa, horas antes de hacerlo.

Les digo que me voy porque he encontrado una más cerca de la escuela y que tengo que coger menos metros para llegar al centro de la ciudad. Digamos que no he dicho ninguna mentira pero tampoco toda la verdad. Cuando acabo de hablar con ellos cojo mi móvil y pido un taxi que en media hora lo tengo en la puerta de casa. Me despido de los compañeros que están en casa en este momento y me bajo para el porche.

En esas sale la mujer a despedirse y casi puedo ver esas lágrimas que están a punto de saltar de sus ojos. Yo sé que ella no está bien por la situación que está viviendo.

-Tiene que aguantar temporalmente la convivencia con su marido del cual está a punto de divorciarse.

-Tiene que mantener la calma y actuar como si no pasara nada ante los estudiantes que viven en casa.

-Tiene que cuidar a su mamá que es mayor y vive sola en su casa de Coney Island.

-Tiene que salir cada día al centro de Manhattan para cumplir con su trabajo de economista.

¿No es fácil verdad?

Yo creo que no, por eso la entiendo. No quiero alargar más la situación y mientras el taxista introduce mis maletas en el maletero nos damos el último abrazo y me monto en el taxi.

Arranca el coche y mi mirada se clava en la puerta de esa casa. Ella en la calle agitando su mano de un lado hacia el otro y mis compañeros desde el porche observando como desaparezco. Voy mirando por la ventana como voy dejando atrás ese barrio que me dio la bienvenida a Nueva York.

Al que llegué indefenso y del que me voy más fuerte aún. Por una parte tengo ganas de llorar. Me da mucha pena dejar todo esto, pero lo que más pena me da es dejar a mis compañeros, mis amigos, mis hermanos… Ellos han sido todo eso para mí y no lo olvidaré nunca. Hoy he tenido suerte y he cogido a un taxista con ganas de mantener una conversación, esto en Nueva York no pasa cada día. Me pregunta un poco lo típico. De donde soy, que hago aquí , por cuanto tiempo, etc.

Me comenta que la zona de mi nueva casa es un muy buen sitio para vivir. Me dice que es un barrio repleto de judíos y con mucho dinero, que ellos mueven el país. Por un momento se me olvida la despedida y empiezo a ponerme nervioso por lo que me pueda encontrar. Voy visualizando por la ventana calles y calles de Brooklyn que no había visto en mi vida y cada vez me gusta más. Como el que no quiere la cosa nos plantamos en la puerta de mi casa nueva, ya la veía desde el principio de la calle puesto que el jueves vine a verla.

Pago al taxista y le digo que ha sido un placer mantener esta conversación con el y que gracias por todo. El me contesta lo mismo y me desea mucha suerte en mi nueva etapa. De repente me veo plantado en la puerta de una casa de unos judíos desconocidos, con mis maletas tiradas en el suelo y contemplando como el taxi se pierde al final de la calle. En este momento estoy en un estado que no sé qué hacer.

Cojo aire y las maletas a la vez que me dirijo a la puerta para tocar el timbre. De repente se abre la puerta y se me para el corazón, la verdad que no sé por qué estoy tan nervioso. Quizás si, son demasiadas emociones nuevas, fuertes y juntas. Cuando la puerta se abre del todo veo a parecer a una mujer de estatura baja con una coleta y el pelo canoso. Detrás de ella se asoma el marido de estatura media y con una ”kipá” en la cabeza aguantada por dos horquillas. (La ”kipá” es esa especie de tela redonda que cubre una parte de la cabeza que llevan todos los judíos.) Yo me quedo ”flipando” y suelto un débil: Hi…

No sé nada sobre su religión, así que no se si darles un beso o dos, o la mano, o simplemente saludarles. Decido quedarme quieto y que actúen ellos. La mujer se acerca a mí y me suelta dos besos con total naturalidad, me dice que se llama Shula. Seguidamente se acerca el marido y me da un buen apretón de mano y me dice que se llama Asher.

(Con el tiempo me entero de que Asher significa FELICIDAD) ¿Será una señal? No dudan ni un segundo en cogerme las maletas y me invitan a pasar dentro de casa. Accedemos a un pequeño recibidor que vomita a un gran comedor enorme. En la parte derecha del comedor puedo ver un arco que da a una gran sala con unos ventanales enormes, tiene pinta de despacho. Me dejan las maletas en el comedor y atravesamos un gran pórtico que va a parar a una sala de estar y por la misma atravesamos hasta la cocina. Una cocina enorme, con una mesa enorme y unas sillas enormes.

Me invitan a sentarme y me preguntan si quiero tomar algo. Es por la mañana y aún no he tomado cafeína, así que para no ser maleducado les pido un café. La mujer se va a prepararlo  mientras yo me quedo hablando con el hombre. De repente aparece Shula con una taza de café y un gran pastel de chocolate, yo me quedo anonadado. Se sientan a mi alrededor con ganas de saber cosas de mí, eso me da confianza y yo empiezo a relajarme un poco. Me comentan a que se dedican. Ella es ama de casa y el es médico en un hospital de Brooklyn. Me comentan que tienen una hija que está acabando medicina y que vive en un apartamento en Manhattan. Yo les hablo un poco de mi y muestran mucho interés escuchándome.

Cuando acabamos de tomar el café me invitan a enseñarme las zonas comunes a las que tengo acceso. Salimos al jardín por la puerta de la cocina y me enseñan una carpa con una tela antimosquitos, me comentan que puedo utilizarla para leer o para relajarme ¡Me parece perfecto! Cuando me van a enseñar la habitación hay algo que no me cuadra…

En vez de subir las escaleras, las bajamos. Lo primero que se me pasa por la cabeza es: ¿Voy a vivir en un sótano? Bajamos las escaleras y atravesamos una puerta que va a parar a mi pequeño apartamento. La verdad que ha sido un flechazo a primera vista, no necesito nada más. Dos camas, un baño y una cocina. A pesar de ser un sótano las ventanas son amplias y hay mucha claridad. Subo a buscar mis maletas y empiezo a instalarme en mi nuevo hogar. Me siento en mi cama y por un momento pienso: ¿Esto es ”flipante” no? Nunca había sentido miedo y alegría a la vez en tan poco tiempo. Daba por hecho que Nueva York estaba cambiando mi vida.

De repente tocan a la puerta y yo me levanto de la cama de un salto. Es ella, Shula. Aparece con un plato lleno de trozos de sandía fresca y me vuelve a dar la bienvenida y que cualquier cosa nada más tengo que avisarles. Mientras se va me comenta que hoy estaré solo pero que mañana llegará mi nuevo compañero de habitación. Se cierra la puerta, me siento en la cama y sé que he acertado con esta decisión.

Una vez más, gracias Nueva York por hacerme sentir que estoy vivo.

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