Capítulo 23 – Llueve, me mojo, me pierdo y me encuentro

Si estás leyendo el título debes pensar: ¿Otra vez se pierde? A ver, no es que cada día me esté perdiendo, pero debo contarte cosas emocionantes. ¿No? No todos mis días en Nueva York son alucinantes, por eso debo contarte las anécdotas que perdurarán en mi mente por siempre. Allá vamos. Hoy es un día normal, de esos en los que no hay planes.

Pongamos que es martes para ponernos en situación. He salido de clase, he comido en Manhattan en mi restaurante de siempre y he pasado por un Starbucks a coger un café para poder bebérmelo en el metro de camino a casa. Parece una tontería pero a mi me encanta, no puedo remediarlo. Parezco el tonto del café, quizás lo soy, pero vamos que me da igual.

Y si te digo que el café no sabe igual en movimiento que sentado créeme, créeme de verdad porque es totalmente cierto. Entro en la parada de metro que hay justo al lado de clase y cojo mi tren ‘’Q’’ para ir a mi querido barrio judío. Encuentro un sitio en el vagón y me siento. Me pongo mis auriculares con música blanca, saco mi libro y empiezo a leer. Es curioso cuanto menos.

En España me pasaba la vida leyendo libros de Nueva York para transportarme a la ciudad y ahora que vivo en Nueva York, leo otros países para irme de aquí por un rato. ¿Cómo es el ser humano verdad? Queremos lo que no tenemos, siempre igual. A ver, que yo sigo amando Nueva York con la misma intensidad. Hasta diría que mucha más. Pero el poder centrarme en otras cosas es buena señal, porque eso quiere decir que estoy aquí y que lo he conseguido. Si señores, estoy en mi puto sueño. Un saludo desde Manhattan para todos aquellos que me decían que era un sueño típico, un sueño que todo el mundo deseaba. De momento esa gente esta en su casa y yo aquí. Prosigamos, me apetecía un momento sarcástico.

Voy dejando Manhattan y me voy adentrando en Brooklyn. Que bien suena, la verdad que no me cansaría de repetirlo nunca. Ya me queda el culo del café, ya está frío y a su vez voy llegando a la parada de mi barrio. Mientras va frenando el tren cojo mi libro y lo guardo en mi mochila, me levanto y al salir del vagón tiro el baso del café en la primera papelera que veo. Bajo las escaleras como una cabrita loca por la montaña y me voy al badulaque que hay justo en la calle principal. Debo decir que en mi antiguo barrio los supermercados eran más baratos que aquí. Debe ser la diferencia de culturas y es qué, estos judíos están forrados.

Normalmente, como cada día fuera porque me sale mucho mas barato que cocinar en casa, así piensa el 90% de la población. Cuando llego por las tardes paso por este establecimiento y me cojo algo para cenar, porque bien cierto es que me encanta cocinar. Me apetece un poco de pasta con champiñones y cebolla. No queráis saber el precio de los champiñones. Salgo del badulaque y felizmente me voy caminando hacia mi casa. Hoy estoy feliz sin ningún motivo. A decir verdad, practico este deporte desde que llegué a este país. Lo he tomado como una rutina, ser feliz porque si, sin más.

Como el que no quiere la cosa voy conversando con mis sentimientos y sin darme cuenta me planto en la puerta de casa. Al abrir la puerta escucho ruido en la cocina y entro a saludar. Me siento con Shula y Asher un ratito a charlar. Nos explicamos que tal nos ha ido el día y poco más. Acabo la conversación explicándoles que me parecen bastante caros los supermercados de la zona.

Shula se ríe y me da la razón. Me explican que ellos siempre van a comprar a un supermercado enorme que hay a las afueras del barrio que está muy bien de precio y encuentras de todo. Enseguida se levanta coge un papel y me apunta la dirección. Ella siempre tan atenta a todo. No hay metro que vaya hasta allí, solo llega el autobús. La verdad que yo autobuses cojo pocos, por no decir que ninguno. Aún es pronto y no tengo planes, así que me animo a ir hoy mismo. Eso sí, lleva todo el día nublado, pero no creo que llueva ahora.

Bajo a mi cuarto, dejo las cosas y me cambio la ropa y el calzado por algo más cómodo, más de barrio. Lo que vienen a ser unas deportivas, unas bermudas y una camiseta de tirantes. Estamos en pleno verano y aquí hace un calor que es demasiado. Salgo en busca de la parada del autobús que esta bastante lejos de casa. Tardo unos veinte minutos en llegar a ella y empiezan a caer gotas. ¿De verdad? Si, de verdad. En la mochila de la escuela siempre llevo un paraguas por si las moscas, porque Nueva York es así, así de loco. Al fin logro encontrar la parada de autobús. Espero el bus con el destino que me ha marcado Shula en la hoja y me monto en el. Me voy alejando de mi zona y el cielo empieza a pintarse de gris ceniza.

No lo puedo creer, ya es mala suerte ya. Me voy alejando y voy descubriendo cosas por la ventana que no había visto antes. No me preocupo porque tampoco se a dónde voy, simplemente llevo apuntado en la hoja el nombre de la parada en la cual me tengo que bajar. Empiezan las gotas de lluvia a chocarse contra el cristal cada vez mas fuerte. No puedo creer que no haya llovido en todo el día y tenga que hacerlo en éste preciso momento, en éste preciso momento que estoy en vete tú a saber donde y sin paraguas. Yo creo que a Nueva York le mola verme sufrir. Se lo pasa bien sacándome de mis casillas.

Llegamos a la última parada y ninguna corresponde con el nombre que me ha dado Shula. Está lloviendo a mares y se ha hecho casi de noche, genial. Me bajo del autobús puesto que es la última parada y no tengo otra opción. Visualizo un gran supermercado al frente, así que ya que he venido hasta aquí voy a dar una vuelta. Madre mía, me acabo de poner chorreando. Entro a al Centro Comercial con mi cuerpo mojado y el aire acondicionado a toda pastilla. ¡B O O M! Estoy dando vueltas compro unas cosas y me voy a pagar, estoy tiritando. Salgo del súper y me voy en busca de la parada de autobús de nuevo.

El papel de Shula se me ha mojado y no veo ni el nombre del supermercado que me dijo. Me dejo llevar y me pasa lo que me pasa. Quizás haberlo consultado en el móvil hubiese sido una opción, pero ahora no estaría contando esto. Al final logro llegar a casa. Empapado, pero en casa. Paso por la cocina y cuando Shula y Asher ven las bolsas del súper me dicen: ¿A dónde has ido?

Pues si, me había equivocado otra vez, no pasa nada. Tenía que haber ido hacia la izquierda y me fui por la ruta de la derecha. A ver, eso no me lo puso en el papel. Sinceramente me da igual. No tengo prisa, estoy en la ciudad que siempre había soñado y os puedo asegurar que si no te pierdes no descubrirás ni la mitad de cosas que tiene preparada para ti.

Déjate llevar por las calles, fluye.

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