Capítulo 24 – Aventuras en los Hamptons

Tengo que empezar explicando que son Los Hamptons, si no esto no tendrá gracia. Os voy a hacer un copia y pega de mi querida Wikipedia, porque si hay alguien que ya lo ha explicado no lo voy a hacer yo de nuevo, ¿no creéis?

Los Hamptons: (Te Hamptons en inglés) refere a varios lugares al este de Long Island en el estado de Nueva York en los Estados Unidos. Son bien conocidos por ser un sitio de vacaciones para los estadounidenses más ricos: un sitio campestre para los millonarios, un lugar donde los más afortunados de la ciudad de Nueva York pueden pasar el verano y los fines de semana a lado de la playa. Paris Hilton, Jennifer Lopez, entre muchos otros, tienen una casa ahí. Las familias Rockefeller, Vanderbilt y Carnegie tenían sus lujosas mansiones en la zona de Long Island.

Una vez nos hacemos una idea de lo que son Los Hamptons, empezamos con mi historia. Estamos en agosto y no veáis lo difícil que es pasar el verano en Nueva York. Es un calor tan húmedo que incluso en la ducha estás sudando, a veces es insoportable. Bueno, a veces no, siempre, pero al final llega un punto en el que tienes que saber llevarlo.

Digamos que hoy es viernes y ya he acabado mis clases, he salido con mis amigos a comer y a pasar la tarde y ahora que ya son las 9 de la noche ya me encuentro en casa viendo una película. Alfred, mi compañero de habitación aún no ha llegado. Nos acercamos a las 11 de la noche y yo estoy en el escritorio haciendo los deberes para el lunes y así no tener que preocuparme el fin de semana. La verdad que esto que acabo de escribir me ha quedado genial, pero no es cierto. Hoy me ha dado por aquí, pero no os creáis ni la mitad de cosas que os cuente. Yo hago los deberes en el metro el mismo día que tengo que entregarlos.

Y así soy yo, me gusta trabajar bajo presión, sino… Me aburre. Era broma ¡eh! podéis creedme en todo, pero a veces el sarcasmo se apodera de mi mente. Total que ya he acabado los deberes y decido subir arriba al porche a tomar el fresco. El pobre ventilador de la habitación ya no da más de sí. En eso que estoy sentado arriba con mi móvil aparece Alfred entrando por la puerta.

Lo llamo: ¡HI BRO! y se sienta un rato conmigo a charlar. Le pregunto que de donde viene, ya que yo ejerzo de hermano mayor y me tiene que mantener informado de su vida. (risas) Pues lo cierto es que está mas rojo que un tomate, pero rojo rojo rojo. ¡Pero alma de cántaro! ¿qué has hecho con tu vida? Se ríe y entre carcajada y carcajada me explica que ha pasado el día en la playa. Y no en cualquier playa no, en una playa de Los Hamptons. Una vez me acaba de contar toda la historia que ha vivido, me entrar unas ganas enormes de ir a ese lugar. Había visto ese sitio en un centenar de películas, así que de repente se me enciende la bombilla. Ya llevo un tiempo en Nueva York y ya me siento de aquí.

Tengo una rutina y un poco de todo, lo de dar el salto fuera de la zona de confort ya va perdiendo valor. Así que decido coger el tren e irme yo solo a perderme por ahí, porque lo necesito y porque me lo pide el cuerpo. Necesito sentir cosas nuevas otra vez así que mañana mismo me voy. Venga empezamos, ya somos mañana. Es decir, ya somos hoy, es decir, ya ha pasado un día. Son las 5 de la mañana y ya estoy en pie preparando una bolsa reciclada de tela de unos de mis supermercados preferidos de Nueva York. En ella meto una toalla, una botella de agua y un par de plátanos y poco más.

Me hago un café en la cocina muy sigilosamente ya que todos están en el quinto sueño y me tiro a la calle. Voy con mi música en los oídos para no perder la costumbre y cuando me quiero dar cuenta ya estoy llegando a la parada de metro. Cojo el tren y me voy para ‘’Atlantic Terminal’’, una gran estación situada en Brooklyn. Compro el billete para mi destino y me pido otro café mientras espero puesto que no sale el tren hasta pasadas un par de horas. Mi destino por decir algo, la verdad que todo es bastante efímero porque no tengo ni idea de a dónde voy.

Pues nada, otra aventura más pienso yo. La verdad que el perderme ya forma parte de mi vida, así que allá vamos. Llega la hora de subirse al tren, sin más entro en el primer vagón que veo puesto que los asientos no van numerados. No hay casi nadie en el vagón, una pareja de mexicanos y una chica norte americana. Yo me pongo a hablar con la pareja puesto que me siento con ellos y ya sabéis que a mi casi que no me gusta hablar. Hablamos de lo típico.

De que hace un Español en un tren neoyorquino de camino a Los Hamptons. Ni yo se lo que hago aquí, imaginaos. Pasa una hora y media más o menos y la pareja se baja del tren, yo sigo en el con la norte americana que está sentada dos asientos por delante del mío. No se cual estación escoger, ayer hablando con Alfred me comentó unas cuantas, que elija la que me parezca, que en todas hay playa. Así lo hago, como el que no quiere la cosa me levanto y me dirijo para la chica y la pregunto que está pasando.

No hombre no, que está pasando no, pero la comento un poco mi idea y me dice que puedo bajarme en la próxima parada. La hago caso y me bajo. Cuando pongo los pies en Los Hamptons me pregunto: ¿Whats? Estoy en la nada, aquí no hay nadie, hasta la parada de tren de mi pueblo es más grande que esta. En fin, salgo de la ‘paradita’ y me pongo a caminar como si no existiese un mañana. A mi derecha visualizo un campo de tenis con gente de muy alto nivel, de un gran poder adquisitivo. Y yo aquí, con mis converse rotas y mi bolsa de tela del supermercado. ¡Eh! Y yo muy orgulloso de ser de Brooklyn, faltaría más. Sigo caminando por esta carretera sin fn, rodeado de árboles y campos con grandes mansiones.

No encuentro a nadie por la calle que me pueda ayudar, así que sigo caminando sin sentido. De repente, cuando llevo uno veinte minutos caminando me encuentro con una chica subida en una bicicleta con ropa de deporte. La paro y la pregunto dónde está la dichosa playa. Me dice que está muy muy lejos. La pregunto si existe algún autobús o algún tipo de transporte público que me pueda llevar. Me contesta uno gran NO y a mi se me escapa un gran JODER. En ese momento me mira, sonríe y me dice que habla español, genial. Pues nada me indica más o menos el camino y yo decido seguir caminando.

Sigo y sigo y lo único que me voy encontrando son grandes mansiones en medio de terrenos enormes. En este momento ya empiezo a desesperar un poco, ya llevo mas de dos horas caminando y aún no veo nada. De repente paso por delante de un campo de golf. Ya lo que me faltaba para mi estado de ánimo en este momento. Así es la cosa, paso yo caminado con mis pintas de Brooklyniano, totalmente desencajado con las pintas que hay por esta zona y me pasa lo siguiente: Entre la multitud hay un niño pijo de unos 9 años jugando a golf con su padre. Cuando se gira y me ve suelta un: Mira papá, un chico pobre.

A ver señores, ¿estamos locos o qué? ya lo que me faltaba para seguir con mi fantástica mañana. Me pasan unas mil cosas por la cabeza que le pueda decir, pero opto por no decir nada y seguir con mi camino. Voy pensando mientras voy caminando y sigo alucinando. Ya no es el tener más dinero o no, que a mi personalmente me da bastante igual puesto que el dinero ayuda, está claro, pero prefiero vivir aventuras. Aventuras como estas y sentirme orgulloso de quien soy y reírme un poco de gente comodona y patética como ésta. Más vale que jamás se le acabe el dinero al padre del niñito éste, porque sino lo pasará francamente mal. Sigo caminando y caminando, quizás llevo ya casi tres horas bajo éste sol.

Toca girar a la derecha tal y como me había dicho la chica de a bicicleta, que hasta el momento ha sido la más agradable en este planeta de pijos. De repente paso por encima de un mini puente en el cual pasa un pequeño río por debajo y voy a parar a otra carretera infinita. Escucho hip hop a toda castaña y cuando me quiero dar cuenta pasa por delante mío un descapotable lleno con más niñitos de papá que tienen los cojones de tocarme el claxon y seguir hacia delante.

¿Cuánto idiota suelto por la calle no? Se creerán que me importa mucho todo lo que puedan tener, con lo feliz que soy yo con mi café de un dólar en Brooklyn. Sigo caminando y caminando y de repente empieza a oler a brisa marina. Por un momento me traslado al mediterráneo, me traslado a casa. Puedo ver que al final de la calle hay un paseo repleto de apartamentos, por fin, ahí está la puñetera playa.

La historia no acaba aquí, al llegar me encuentro que la playa es privada. Si señores, privada. Se tiene acceso desde los apartamentos, y yo por no tener no tengo ni agua en la botella ahora mismo. ¿Creéis que me he pasado horas en el tren y he caminado aún más horas para darme la vuelta e irme? ¡Y una MIERDA! Miro de izquierda a derecha y me meto por un caminito lleno de árboles. Entre ellos me quito los pantalones y me pongo el bañador y como el que no quiere la cosa me infiltro en la playa. Aquí mismo planto la toalla y aquí no ha pasado nada. Me saco un libro y me pongo a leer, pero no dejo de darle vueltas a todo lo que me está pasando. Por una parte es lo que me gusta, vivir sensaciones nuevas o al menos diferentes.

Ya llevo tiempo en Nueva York, por eso he decidido venir aquí, a revivir la adrenalina aventurera. Me acerco a la orilla para refrescarme un poco pero el agua está bastante congelada. Un agua negra llena de algas y una arena que raspa hasta el alma. Hay mediterráneo, te echo de menos. Decido volver a la toalla a seguir leyendo un rato más e intentar relajarme un poco por todo lo vivido hasta el momento. ¡Sabía que se me olvidaba algo! No he traído protector solar y empiezo a achicharrarme por momentos.

Ya llevo unas horas por aquí, así que en vista del éxito decido irme, puesto que el camino que me espera hasta la parada son horas y horas de caminata intensa. Recuerdo que por el camino he visto algún bar de carretera así que voy en busca de alguno para comer algo, porque no veáis el apetito que tengo en estos momentos. Repito la jugada y vuelvo a esconderme entre los árboles para ponerme la ropa de calle y salir otra vez a estas calles desiertas. Ahora ya me se el camino así que acelero el paso para poder llegar hasta algún restaurante y comer algo e irme para la parada, porque ya lo último que quiero es perder el tren y quedarme aquí atrapado en la nada, me muero. Me planto en el primer restaurante que veo y entro.

Me pido una ensalada y un pedazo de pizza y me siento a disfrutar de este momento. Una vez acabo me pido un café para llevar y sigo con mi largo camino bajo el sol. Ya llevo unas dos horas caminadas y aún me quedan unas cuantas más para llegar a la parada del tren. De repente un mercedes negro para a mi lado mientras voy caminado por el arcén de la carretera. Se acerca a mi y baja la ventanilla. Conduce un chico de unos 36 años y le acompaña una chica de unos 30. Me preguntan muy amablemente que si quiero que me acerquen a algún sitio. Les digo que voy a la estación de tren pero que no se preocupen que ya queda poco y que después de tantas horas caminando que ya no me viene de una más.

Les agradezco el detalle de todo corazón y siguen su camino. Me quedo solo y pienso, pero a ver, no me voy a montar en un coche con desconocidos, al menos en este momento. Ya he tenido bastante por hoy, así que lo único que deseo es montarme en el tren e irme para mi casa. Al fin llego a la dichosa parada de tren. He llegada bien de tiempo, aún quedan unos 30 minutos para que llegue. Me siento en el suelo apoyado en la pared pensando en todo lo que me ha pasado durante el día.

Por una parte pienso: ¿Qué necesidad he tenido de pasar por esto? Pero yo mismo me contesto: Así soy yo, me aburre la rutina y tengo que salir en busca de cosas nuevas. Buenas o malas, pero nuevas. Al final el ser humano es así. Nuestra mente tiene el poder de borrar todo lo negativo con el paso del tiempo y dejar solo lo positivo, así que seguro que algo bueno saco de todo esto. Por fn llega el tren. Entro rápidamente y me voy en busca de un asiento cómodo y aislado. Me programo la alarma en el móvil más o menos unos 20 minutos antes de la hora de llegada a mi destino y decido dormir un rato. Con la música en mis oídos y visualizando paisajes por la ventana voy pestañeando mientras voy pensando en cosas. Estoy cansado, pero me siento vivo. Estoy viviendo la vida que quiero ahora mismo y eso no lo puede decir todo el mundo. He sido valiente por dejar mi tierra, mi gente e ir en busca de nuevas aventuras.

Así que un día más, me siento satisfecho de mis actos. Buenas noches…

 

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