Capítulo 8 – Promesas rotas

Una semana antes de volar a los Estados Unidos recibo un correo electrónico en el cual me explican detalladamente que barrio me han adjudicado y cual es mi familia. Recuerdo que cuando recibí el mensaje estaba de vacaciones en Castellón con mis padres, estaba tumbado en el césped de la piscina y pegué un brinco hacia la cafetería para poder conectarme al WiFi y seguir indagando.

Me detuve a leer una y otra vez toda la información que había en aquel perfil. Me explicaban que eran una familia nacida en Nueva York pero de origen puertorriqueño.

-Eran un matrimonio muy felizmente casados.

-No tenían hijos.

-Tenían tres perros y dos gatos.

-Vivían en una hermosa casa de madera de tres plantas.

-Tenían un gran jardín para que los perros pudieran correr.

-El barrio era tranquilo y agradable.

Y la lista podría seguir con más cosas maravillosas, pero creo que no es necesario. Pues claro, como es lógico, yo en mi cabeza con toda esa información iba creándome mi historia, empezaba a dibujar un Nueva York que no existía.

Empecé a intercambiarme correos con ellos para empezar a conocernos un poco.

Ya en Brooklyn: Empiezan a pasar los días en mi casa y empiezo a notar cosas raras. Aquel supuesto enorme jardín, es un campo de minas entre malas hierbas. Vamos, que está lleno de excrementos de perro y nadie es capaz de recogerlos. Yo y los demás estudiantes nos damos cuenta de que el hombre de la casa es muy serio y muy borde. Se supone que él es el encargado de hacer la comida y subirla a la segunda planta que es donde vivimos nosotros, los estudiantes. Pero la mitad de días sube tarde.

Aprovecha la mínima ocasión para echarnos la bronca por todo y yo empezaba a sospechar cosas. Recuerdo que todas las hipótesis que había creado en España eran completamente falsas. Empiezo a preocuparme. Cuando es la primera vez que te vas tan lejos de casa necesitas sentirte un poco arropado y la verdad que yo me sentía de todos modos menos arropado. Digamos que mi compañero de habitación el tailandés es muy especial y no pone mucho de su parte.

Él va por la mañana a clase y yo por la tarde así que solo nos vemos por la noche un rato y el se la pasa pegado a la pantalla de su ordenador. La verdad que cuando estoy en clase con mis compañeros, mi profesora, y la vida en Manhattan, me siento súper bien y arropado, pero al caer la noche… Ya de noche de camino a Brooklyn, siento de nuevo esa sensación. Ya estoy ahí de nuevo. Es esa sensación de montarte en el tren en el centro de Manhattan e ir viendo como de camino a tu barrio se va bajando toda la gente de raza blanca y empiezo a quedarme solo. Cuando voy llegando a mi barrio me quedo yo rodeado de negros, mentiría si dijera que no siento miedo en este momento.

Mientras bajo las escaleras de la estación ya voy pensando en el panorama que me iba a encontrar en casa. Llego a casa, me pego una ducha y bajo al porche a tomar el fresco. Estoy semi-tumbado en un banco de madera, a los pocos minutos sale la mujer de la casa a fumarse un cigarro y me pregunta que como me ha ido el día. Yo le cuento un poco por encima y sin pensármelo dos veces le empiezo a explicar como me siento. Le digo que no estoy cómodo, que no estoy viendo lo que yo esperaba.

Básicamente que me habían vendido una realidad inexistente. Noto como poco a poco sus ojos se van llenando hasta que rompe a llorar. Empieza a contarme toda la historia. Comienza diciéndome que se casó con su marido porque se amaban mucho y eran muy felices. Ella realmente era la dueña de la casa y al casarse el fue a vivir con ella. Trabaja de contable en una empresa bastante importante y el no trabajaba en nada. El se encarga de los estudiantes en casa ya que somos muchos, pero ni esto sabe hacer.

La cuestión es que ellos están en trámites de divorcio y el lo pagaba con nosotros. Ella nos pide perdón una y otra vez pero nosotros entendemos su posición y no le daríamos más importancia. La moraleja de todo esto es: No es oro todo lo que reluce. Entendí que crear nuestras propias historias con material falso, no es viable. Creo que es mejor dejarse impresionar, a veces es difícil cierto es, pero seguro que así no te llevas desilusiones. Pero lo bueno de todo esto es que yo sigo enganchándome cada día mas a esta ciudad. Son tantas las sensaciones dormidas que se van despertando, estoy viviendo cosas que jamás en mi vida había sentido, así que solo por esto ya merece la pena.

 

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