Capítulo 26 – Otro compañero de habitación 

Hoy tenemos visita, hoy llega mi nuevo compañero de habitación. Esta vez estoy un tanto reacio, no me apetece compartir habitación con nadie. Se ha ido Alfred, mi hermano pequeño, mi colega de batallas.

Son las 11 am de la mañana y llegará después de comer. Al menos eso es lo que me han dicho. 

Hoy no pienso salir de Brooklyn, me voy a quedar por el barrio todo el día. Creo que me voy a escapar al supermercado que hay cerca de la estación de metro a comprar unas cosas. Os tengo que decir que como no lo haga, me tocará comer aire, porque la nevera está desértica.

En ésta ciudad te acostumbras rápido a todo, en eso consiste culturizarse con el país. Digamos que aquí la gente cocina bien poco en sus casas, casi que sale más barato comer cada día en la calle, aún que a veces, apetece hacerse algo más casolano.

Subo las escaleras de mi querido sótano y paso por la cocina a ver si hay alguien, pero no, no veo a nadie.

Me despido de Kitty, mi querida perrita, y salgo por la puerta trasera de la cocina. Hoy hace sol, mucho sol, y a pesar del calor insoportable neoyorquino, me mola.

Saco los cascos de mi bolsillo y desenredo los cables como puedo. Me pongo un tema de Drake e inicio mi marcha hasta el supermercado. Hoy tengo un día un tanto místico, esos días en los que piensas en todo y no piensas en nada.

¿Me entendéis?

Esos días de balances, de cuestiones, de conclusiones. Esos días en los que estás de bajón, así, sin más. Supongo que es normal, que todo no va a ser de color de rosas, que todos tenemos nuestros días.

Ya van pasando los días, las semanas, los meses, y estoy lejos de los míos. Pienso que un poco de morriña no le va mal a nadie, a pesar de ser frío y distante como yo. He aprendido a no meterme presión. Quiero decir, que si hoy me siento así, pues no pasa nada, voy a permitirme sentirme así, sin más.

A veces nos empeñamos en estar siempre bien y en dar el 100% de nosotros mismos, y esto raramente funciona así. Hay que recordar que somos personas de carne y hueso, con sentimientos, no somos robots. Por eso, vamos a consentirnos un día de bajón, pero uno, no más.

Entre mi música hip hopera y mis pensamientos, me planto en el supermercado.

Entro por la puerta y me saluda mi colega mexicano que hay de cajero.

 ¿Qué tal Joseph? ¡Buenos días! 

-¡Buenos días Fernando! Muy bien, ¿y tú? 

-Aquí trabajando, para no perder la costumbre… 

-Entiendo, la vida es dura hermano… Yo cuando vuelva a España también seguiré trabajando, así que ahora pienso disfrutar al máximo.

-¡Claro que si! Hay que vivir el momento. 

-Bueno entro a por unas cosas, que pases un día genial.

– Igualmente hermano. 

Fernando trabaja en éste supermercado que hay justo al lado de la parada de metro. Esto no es un supermercado para hacer la gran compra, pero si para comprar las cuatro cosas que te hacen falta. Como está en la misma puerta del metro, siempre está lleno de gente. La gente que va y viene. Yo cada vez que voy al metro me paso por aquí. Si no es un café a primera hora de la mañana, es una botella de agua al medio día, o simplemente, algo para picar después de cenar.

Supongo que será una costumbre sur americana, o simplemente habré coincidido con gente que se llaman de la misma forma. Pero el concepto de “hermano” se utiliza mucho entre los latinos de Brooklyn. A mí me parece genial, incluso me gusta la idea. Es una manera de conectar muy cercana, y la verdad, que cuando estás tan lejos de casa, se agradece un montón.
Ya he comprado unas cuantas cosas, me he despedido de Fernando y vuelvo caminando para casa.

Sigo pensado en mis cosas. Me obsesiona mucho la idea de volver a España. Ahora mismo llevo meses viviendo aquí, en mi sueño, y para nada soy consciente de que esto es temporal. A ver, creo que si que soy consciente, pero no quiero ser realista. Cuando llevas tanto tiempo luchando por algo y al final acabas consiguiéndolo, no te haces a la idea de volver al punto inicial en el que empezó todo.

Entre pasos y pensamientos por fin llego a casa. Entro por la puerta principal y me voy para la cocina a beber un poco de agua. Aquí me encuentro con Shula y Asher y charlo con ellos un ratito.

Ya son las 12:30 am y decido bajar a mi sótano a prepar la comida y ducharme. A medio día/tarde llegará mi nuevo compañero y no quiero que me pille con todo revuelto.

Acabo de comer, recojo la cocina y me voy directo a la ducha. Salgo, me cambio, y empiezo a recoger el cuarto. A ver, no tengo el apartamento subterráneo hecho un desastre, pero a veces si voy rápido, saco ropa del armario para decidir que me pongo pensando que luego se dobla y se mete sola otra vez, pero no, la tengo que volver a doblar e introducirla yo, si yo.

Hoy me apetece tirarme en la cama, ver películas y comer mierdas. Si. Chocolate, patatas, palomitas, fritanga. Vamos, azúcares y grasas saturadas.

Welcome to America man!

Dicho y hecho, empieza el maratón de películas. Tumbado en mi cama, comiendo como un cerdo mientras el aire de este ventilador a punto de jubilarse, azota mi cara para aliviar éste puto calor.

Se oye un coche, más tarde el timbre de la puerta. Creo que llega alguien. Escucho a Shula y Asher hablar, siento pasos en el piso de arriba que se dirigen a la calle. Así que ya ha llegado el momento, ha llegado el momento de conocer a mi nuevo compañero de cuarto.

La verdad que no me apetece subir a recibir a nadie, cuando baje, ya me presentaré. Suena un tanto borde, rancio, tétrico. Pero creedme, si no tengo el día, no me molestéis, dejadme fluir y nadie saldrá herido.

Pasan unos 30 minutos aproximadamente y escucho crujir las escaleras de madera que bajan al sótano. Tocan a la puerta, les contesto que pueden pasar. Son ellos, Shula, Asher y el coreano que aún no se como se llama.

Van entrando a la habitación uno por uno,hasta que de repente, estamos los cuatros en mi querido apartamento subterráneo.

Nos presentan.

Joseph, este será tu nuevo compañero de habitación, se llama Jung. 

-Hola Jung, un placer, bienvenido. 

-Gracias Joseph. 

Shula y Asher desaparecen de la habitación y me dejan con el coreano.

Le empiezo a preguntar cosas. En que ciudad vive, cuantos años tiene, que estudia, que hace. Intento que hable y se adapte rápido.

Mientras yo sigo viendo mi película, el va deshaciendo la maleta y conjuntamente vamos conversando.

La verdad que hoy no estoy muy receptivo, las primeras impresiones no me han gustado.

Jung es mayor que yo, cuatro años exactamente. Para empezar, se ha puesto a cocinar unos fideos con lechuga hervida que me están apestando toda la habitación. Por si aún es poco, está utilizando mis ollas, mis cubiertos y mis platos. No me importa compartir, claro que no, pero al menos pídeme permiso.

¿No creéis?

Ya hemos empezado con mal pie. Hoy no estoy en mi máximo esplendor, pero el tampoco está poniendo de su parte, así que empezamos mal.

Acaba de hacer su fantástica comida y se sienta en su cama en modo indio delante del portátil. Mientras va comiendo, empieza a ver un capítulo de dibujos manga. Con un bol y unos palillos empieza a comerse los fideos generando un ruido que me pone bastante nervioso. Es su cultura, y se que así comen, por lo tanto opto por no decirle nada.

Ni me habla ni me dice nada, así que sigo viendo mis películas y paso de su cara.

Cojo mi móvil, le hago una foto disimuladamente y se la paso a Alfred. 

Le digo:

– ¡Bro! Mira quién está ocupando tu cama…

Me contesta:

– ¡Nooo! Yo debería estar ahí, no él… 

La verdad que pienso lo mismo que Alfred. De todos los compañeros de habitación que he tenido, Alfred había sido mi hermano pequeño, y me niego rotundamente a sustituirlo por otra persona.

Pero bueno, soy buena gente, así que voy a darle una oportunidad al coreano roba cosas hago ruidos.

En el próximo capítulo… EL COREANO ME LA LÍA EN LA HABITACIÓN 

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